Entrevista a Daniel Filmus y Carlos Heller - Hacerse cargo

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Archivos - Año 2007

Por Eduardo Aliverti

Ya se sabe que, en una gran mayoría de las veces, la política pasó a ser, antes que concreciones efectivas, un conjunto de signos, de gestos, de declaraciones, de imágenes. Quien tuviera dudas al respecto debe despejarlas de una vez por todas en medio de la espeluznante revolución tecnológica que vive la humanidad, con un auge casi monopólico de la cultura audiovisual y del que sólo cabe aguardar que continúe creciendo.

La política, entendida a partir de la clase dirigente, se elabora más por lo que quiere hacerse parecer que por lo que termina siendo. Y entendida desde la sociedad, aun con todas las diferencias de matices que pueda haber entre electorados o problemáticas diversos, la política es más lo que se quiere escuchar que lo que puede hacerse. No es ésta una colaboración para el discurso "antipolítica", vale aclarar con tanto marciano y tonto suelto. Es sólo el registro de cómo se construyen hoy las convicciones en ese arte, la política, que sigue siendo el único invento de la historia capaz de llevar adelante las cosas públicas y, en el mejor de los casos, hacerlo con sentido de justicia social.

Cuando esa construcción de imaginario se produce en etapas electorales, en las que convencer y quererse convencer es particularmente enfático, habría que estar mucho más atentos, munidos de antecedentes o "prontuarios" de los candidatos, a la diferencia entre lo que se dice, lo que se hizo y lo que se promete que se hará. No es tan difícil. Y no involucra sólo a las candidaturas sino también a referentes de campos institucionales, cuyos posicionamientos sirven para dar un marco de referencia que, sí, rodea a los postulantes electorales. El objeto es que las caretas puedan ir desapareciendo, hasta dejar los rostros lo más límpidos que se pueda. No límpidos como sinónimo de impolutos, desde ya, sino en el sentido de la máxima desnudez posible. Suena a perogrullada, pero visto lo ocurrido y por ocurrir en Capital"

El monseñor Bergoglio, por ejemplo, cardenal primado de los católicos, en irrefrenable pose no ya como el dirigente político que es sino como candidato sin boleta impresa, directamente, dijo durante la procesión de Corpus Christi que "nos hace falta bendecir el pasado" en lugar de maldecirlo. En otro contexto, el brulote del monseñor podría haberse adjudicado a un interés personal o corporativo, extremadamente obvio, vista la complicidad activa de los popes de la Iglesia con los jerarcas de la dictadura. Justo en el tránsito al ballotage porteño, en cambio, al monseñor apenas le faltó cerrar su callejera homilía con un "va a estar bueno Buenos Aires con Mauricio y Gabriela". Por supuesto, a la prensa ni se le ocurrió, siquiera para disimular un poco, la mera sugerencia de que el obispo se había metido de lleno en la campaña. No, no. Nada de eso. Monseñor es nada más que un pastor. Imagen, eufemismos, símbolos.

Macri no acepta un segundo debate porque dice que hay mucha agresión y eso no conduce a nada. Es raro, ¿no?, porque si hay una coincidencia unánime es que uno de los factores que lo llevaron a su amplio triunfo consiste en haber aprovechado la agresividad del resto, dejándola correr. Lo que hace Macri, como haría cualquiera, es no presentarse, porque con 22 puntos de ventaja solamente a un loco se le ocurriría practicar un juego en el que no se entiende qué podría ganar (a un loco o a un osado que no viviese pendiente de lo que le recomiendan sus diseñadores de imagen).

La campaña, a todo esto, viene hasta aquí mucho más amesetada que lo que se suponía. ¿Qué pasó? Probablemente, el convencimiento oficialista de que revolver en el pasado de Macri, por más pertinente que sea, no es lo que a "la gente" le interesa. Consecuentemente, se meten en debates tan apasionantes como qué hacer con las plazas. Que es justo lo que a Macri le conviene. Uno diría "no señor": si vamos a perder, perdamos con las botas puestas y profundicemos el sentido ideológico que debe tener el voto. ¿O acaso a Macri lo votan por lo que dice que hará, cuando sus propios encuestadores y asesores le recomiendan que persista en no decir nada? De nuevo: la política, lamentablemente, se convirtió mucho más en los gestos que en las trayectorias y las concreciones. No debería poder creerse que un tipo gane elecciones visitando a viejitos de 107 años y a farmacéuticos asaltados 200 veces. Pero sí, las gana. No porque haga eso, sino por que no importa que haga eso. Lo que importa es que a pesar de que haga eso, que es el ABC de la más barata de las demagogias, hay una mayoría, o hasta aquí primera minoría larga, creyente de que puede haber un cambio para mejor llevados de la mano por una figurita (sólo eso es Macri, una figurita de la televisión y de los éxitos futbolísticos de Boca; no un partido, no una estructura, no un movimiento social, no una experiencia colectiva, no "siquiera- un militante. Es sólo una figurita hija de la crisis de representatividad estallada en 2001/2002, cuando tanto boludo creyó que la revolución quedaba más o menos a la vuelta de la esquina y no supo o no quiso ver que lo estallado eran las expectativas de consumo de la clase media).

De todos modos, tampoco deben obviarse las carencias imperdonables de la dirigencia del progresismo declamado. En una posmodernidad que complejiza cada vez más las relaciones sociales y las urgencias cotidianas, ya sin grandes utopías que puedan ser conducto de idearios nobles y avanzados, el denominado "progresismo" (y está bien llamarlo así, si es por lo simbólico, como contraposición a los exponentes de la derecha cruda) no estuvo a la altura de sus deficiencias objetivas y subjetivas. ¿Cuáles? Haber prometido inmensamente más que lo que podía o quería desarrollar. Haberse refugiado en sus aparatos y en sus proyecciones de manejo de caja chica. No confiar en las organizaciones sociales. No descentralizar. No promover casi nada por fuera de las estructuras clientelares. Por allí volvió a colarse Macri, pero esta vez con la inestimable ayuda de un palacio kirchnerista que por razones de cálculos y enconos personales le dejó servido a Mauricio, que sí, que es Macri, la chance concretada de acumular, solo, contra un resto que fue dividido y que hizo todo lo posible por mostrarse de esa manera.

Igualmente, frente a la renovación electoral de la derecha más dispuesta a ejercer como tal; frente a una perspectiva de exclusión social más acentuada todavía, que si algo incrementará será precisamente el nivel de inseguridad y conflicto; frente a la certeza de que el Estado volverá a convertirse sólo en un escenario de negocios privados, si es que no de corrupción generalizada; frente a la probabilidad de que la salud y la educación, en particular, queden en manos de un criterio comercial y sectario, no da lo mismo quién vaya a ser el jefe de Gobierno de Buenos Aires. Esa visión sólo puede entrar en la cabeza de quienes apuestan al testimonialismo como única forma de edificación política, para terminar, siempre, haciéndole el juego a la derecha. Son los cultores del cuanto peor-mejor. Así les va.

Estas líneas no son más que una escueta y completamente inútil convocatoria a la necesidad de que, vótese lo que sea, se lo haga con un grado de conciencia política, o al menos de esfuerzo hacia allí, algo superior -un poquito, nada más que un poquito- a lo pautado por lo que dicen que van a hacer los que sintonizan con lo que "la gente" quiere que le digan que va a pasar. Se puede votar a la derecha con conciencia política, cómo que no. Es absolutamente legítimo y respetable. Pero confiésenlo, asúmanlo. No votan a la derecha por sus propuestas (?) para los espacios verdes, la polución sonora, las características edilicias, la estructura del parque automotor. La votan porque quieren orden a cualquier costa, quieren represión, quieren la tranquilidad de la dictadura, quieren la ciudad limpia de indigentes, quieren mano dura contra los inmigrantes, quieren meter en cana a los pibes desquiciados que viven a paco y porro. Si es por lo que está más a la vista, resulta que de la noche a la mañana en Buenos Aires no habrá más delincuencia, ni calles sucias, ni piquetes, ni caos en el tránsito, ni cartoneros, ni turnos de atención en los hospitales para dentro de varios meses. De la noche a la mañana, Buenos Aires será Zurich de la mano de Mauricio y de Gabriela.

Si creen eso, si quieren eso, díganlo de una vez. No tiene nada de malo. Todo lo contrario. Es una interpretación de cómo mejorar la dirección y convivencia política y social, igual de estimable que aquella de los que pensamos distinto. Sólo acéptenlo, por favor. Porque si es un voto vergonzante, esa legitimidad se pierde en tanto y cuanto saben que hay algo en ese voto, en esa actitud, en ese pensamiento, que pasa por hacer mierda a otra gente por la urgencia del beneficio propio.

Acepten que el domingo que viene van a votar a Menem. Que va a ganar Menem.

Y demuestren y demuéstrense, por favor, que eso no es un voto ideológico.

MARCA DE RADIO, sábado 16 de junio de 2007.

 





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