El primer voto

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Archivos - Año 2006


Editorial

Mi hija estrenó su vida cívica votando a Cristina en el 2007.

Mi hijo menor que aún no tiene 18 años, estrenará en las primarias del próximo domingo también votando por la fórmula que llevará a Cristina a ser candidata en las elecciones de octubre.

Ambos, como tantos jóvenes argentinos son parte de este proyecto que los incluye y se sienten orgullosos por eso. Yo también siento orgullo de que así sea.

Ellos marcarán con su elección una manera diferente de vivir la política en Argentina. Ellos elijen por un espacio de participación, donde ser joven no es un problema. Un proyecto que los convoca a participar y donde se sienten contenidos, identificados, referenciados y seguros.

Los jóvenes de este país que hoy tenemos estudian con los mismos ímpetus que aquellos de otros tiempos, pero con muchas más garantías para proyectar un futuro de crecimiento, desarrollo y éxito en sus sueños.

Porque sus sueños han dejado de ser utopías. Porque las utopías se han corrido ampliando solidariamente sus fronteras.

No voy a enumerar por qué mis hijos, y otros hijos nuestros deciden apoyar la profundización de un modelo de inclusión, de seguridad jurídica, de participación popular, de independencia económica, de equidad social, de producción, de trabajo, no voy a repetir lo que todos y todas sabemos.

Pero voy a contarles por qué algunos de mi generación deben hacer una revisión en su manera de ver la política de estos días.

Cuando yo voté por primera vez, recuerdo, sentía que mi voto iba a cambiar la historia, creía que el mío era el voto que marcaría el fin de una de las páginas más negras de nuestra vida civil.

Mi primer voto fue para el retorno de la democracia, allá en el '83. Yo tenía 25 años. La dictadura me había robado un montón de votos impidiendo mi ejercicio democrático hasta bastante crecida mi voluntad cívica.

Yo pertenezco a la generación que vio frustradas sus luchas, que vio caer ideas, morir o desaparecer, perseguir y truncar sueños.

Cuando aquel 30 de octubre emití mi voto, sentí la fuerza de muchas voces que me ensordecían en silencio, con sus ganas, sus luchas, sus ilusiones, sus vidas.

Ese voto rompía el paradigma del miedo reinante e imponía el retorno irrevocable de la democracia al país.

Ese voto fue un corte importante en el pueblo argentino.

Hoy, a 28 años de aquel mi primer voto, tengo una mezcla de emoción y orgullo, que por momentos se hace gigante y sin modestia alguna retoma aquellas ilusiones de juventud sintiendo que no me equivocaba cuando pensaba que mi voto cambiaría la historia.

Yo votaba con las convicciones de defender el sistema que hoy mis hijos ratifican, profundizan, perfeccionan y celebran con sus votos.


La Fuerza de la Familia

La Fuerza de la Producción

La Fuerza de la Ciencia

La Fuerza de la Igualdad

La Fuerza de la Inclusión

La fuerza de los jóvenes

La fuerza del trabajo

La fuerza del futuro

La fuerza de la vida

La fuerza de la verdad

La fuerza de la dignidad

La Fuerza de un pueblo

La Fuerza de Él

 





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